La bendición de un patriarca


El tema de la bendición es uno de los que más se destaca en el primer libro de la Biblia, conocido como Génesis. Inicia con Dios, al completar su creación, luego de crear la primera familia, iniciada por el matrimonio de Adán y Eva. Podemos ver también la bendición de forma muy marcada en la historia de los primeros patriarcas (caps. 12-50). La bendición consistía principalmente en conocer a Dios y caminar con él en una relación de pacto; y en ver cómo Dios preservó las promesas de su pacto a pesar del pecado humano. Es precisamente a Abraham, a quien Dios le dijo las siguientes palabras: «Haré de ti una nación grande, te bendeciré, engrandeceré tu nombre y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (12:2,3). Esta bendición no se quedó con Abraham, sino que pasó hasta sus siguientes generaciones, hasta cumplirse completamente en la persona de nuestro Señor y Redentor Jesucristo, muchos siglos después (ver Gálatas 3:29). Uno de los que aprendió el valor y el poder de la bendición de Dios fue Jacob, el nieto de Abraham, al cual Dios, en un encuentro personal, le cambia el nombre por Israel (32:22-32). Su nombre Jacob significaba «usurpador», porque siendo menor que su hermano gemelo, Esau, quiso arrebatarle la bendición de la primogenitura mediante engaño. Dios le dio una gran lección, en dos aplicaciones: la bendición tiene un principio espiritual supremo, que no se presta para el manipuleo o el engaño humano; y que cuando se siembra engaño, se cosechará engaño.

El capítulo 48 de Génesis nos presenta a Jacob ya viejo y ciego, viviendo en Egipto. A los 147 años de edad, entendía que muy pronto partiría. Al saber que su hijo José venía a visitarlo, se incorporó lo más que pudo en su cama, no sólo para recibir a su hijo querido, sino también a sus nietos. Quizás se acordaría cuando su padre Isaac, también viejo y ciego, le impartió la bendición. ¿Que incluyó la bendición de este patriarca?

1) El besar y abrazar a su hijo y nietos (v.10). ¡Cuánto valor tiene el que demostramos un amor genuino a nuestra descendencia! Un beso y abrazo habla más que mil palabras;

2) Les impartió una bendición espiritual de tipo profético. «¡Míos son!» (v.5). Es decir, son parte del plan divino, aunque hayan nacido en Egipto. Fue aún más lejos: puso sus manos «adrede», para bendecir al menor primero que al mayor (v.14-19). No porque tuviera favoritismo, o se acordara de su experiencia pasada, sino que Dios mismo le reveló lo que habría de significar la vida espiritual futura de estos nietos. ¿Puedes ver qué trayectoria tomará tu descendencia, o solo te preocupa el que tengan dinero y salud?

3) Su bendición estuvo cargada de adoración y gratitud a Dios por su fidelidad (v.15-16). El mejor legado que podemos dar a nuestros hijos y nietos es testificarles de que todo se lo debemos al favor y la misericordia de un Dios maravilloso y fiel;

4) Su primero y último deseo fue que su familia viviera en el plan y el propósito de Dios. Las últimas palabras de Jacob fueron el profetizar sobre sus hijos (ver cap.49). Que el bendecir espiritualmente a tus hijos no sean solo tus últimas palabras, sino tus primeras y continuas expresiones de amor.

share

Angel Esteban es ministro, conferencista, autor y es Pastor Principal de la Iglesia Cristiana de la Familia en Ponce, Puerto Rico.

Recommended Posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *