¿Entiendes lo que lees?


El relato de Hechos 8:26-39 nos presenta el encuentro entre Felipe y un funcionario de tesorería del reino de Etiopía. El encuentro se dio en un camino desértico que había tomado este alto funcionario y su séquito, luego de que hubiese ido a adorar a Jerusalén. Felipe es enviado por el Señor para encontrarse, sin él saberlo, con una persona con grandes interrogantes espirituales acerca de las Escrituras. Encuentra a este oficial en su carruaje leyendo en voz alta el rollo de la porción de Isaías 53.

Leer en voz alta era la costumbre de los antiguos, con el fin de memorizar lo que leían. El diálogo inicia con dos preguntas, la primera de parte de Felipe (¿Entiendes lo que lees?), y la segunda, de parte del funcionario como respuesta (¿Cómo podré, si alguno no me enseñare?). Ambas fueron dos interrogantes muy genuinas, que desataron una conversación profunda, amena y de maravillosos resultados con la conversión y el bautismo del funcionario. ¿Qué podemos aprender de ambos personajes? Hubo un genuino interés por parte de Felipe de ser movido por Dios para atender las interrogantes espirituales de un hombre que necesitaba conocer a Cristo, a través de la revelación de la palabra profética escrita. Y hubo también un genuino interés de parte del funcionario de Candace para aprender y ser instruido en las verdades espirituales. Cuando se da esa combinación el resultado va a ser poderoso. Consideremos la primera pregunta aquí formulada: ¿Entiendes lo que lees? Yo preguntaría antes de contestarla: ¿me interesa leer? Vivimos en un tiempo donde la lectura profunda y edificante ya no es prioridad para muchos. Lo que interesa es todo lo que sea visual, entretenido, superficial y de corta duración. Se quiere «probar de todo», pero sin llegar a convicciones firmes. ¡Qué peligro! ¿Sabemos el significado de lo que leemos? Especialmente cuando se trata de las Escrituras. ¿Tenemos el interés, la reverencia, y la seriedad de saber que la Palabra es la revelación de Dios? ¿Cómo decimos conocer a Dios, si no nos interesa lo que él nos quiere hablar con su revelación escrita? ¿Queremos entender toda la revelación escrita, o solo aplicar lo que nos interese o nos guste? ¿Creemos lo que leemos? La pregunta, ¿entiendes lo que lees?, es de suma importancia para nuestra alimentación y dirección espiritual.

Jesús mismo dijo a nuestro enemigo común, Satanás, cuando este lo tentó en el desierto:

«Escrito está: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4:4).

Jesús le citó al diablo una palabra que ya Dios había revelado en su Escritura (ver Deuteronomio 8:3). Por tanto, no tenemos que especular, ni torcer, ni depender de alguna palabra «genérica» de algún llamado «profeta», porque contamos con una Palabra viva, que nos ha sido dada. Pero, ¿cómo entender lo que leemos en ella? Hay cuatro principios que nos pueden ayudar:

1) Observación. Implica leer el texto e identificar los detalles que presenta y el contexto en el cual es escrito;

2) Interpretación. La esencia de la interpretación no se basa en lo que yo quiero interpretar, sino en conocer lo que él o los autores, inspirados por Dios, quisieron decir (lenguaje, contexto, significado original de las palabras, etc.).

3) Correlación. La Biblia se explica por sí misma; por lo tanto, tenemos que saber qué otros textos se interrelacionan para entender mejor el pasaje;

4) Aplicación. Todo la Palabra es

«útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea prefecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Timoteo 3:16,17).

¡Somos el pueblo de la Palabra! La amamos, la leemos, la entendemos y la aplicamos como guía a nuestra vida. Digamos como el salmista: «¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación. Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos, porque siempre están conmigo» (Salmo 119:97,98).

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Angel Esteban es ministro, conferencista, autor y es Pastor Principal de la Iglesia Cristiana de la Familia en Ponce, Puerto Rico.

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