Lo que es verdadero y lo que es fingido


El capítulo 3 de la segunda epístola de Pablo a Timoteo inicia con una descripción de lo que podemos definir como la degradación del comportamiento humano. El apóstol habla de que será un comportamiento en los «postreros días», pero se refería no sólo los tiempos en que viviría Timoteo, sino que ese comportamiento continuaría en aumento hasta los tiempos del fin. Se describe, entonces, que los problemas mayores no serán causados por cataclismos ambientales, ni por el estado de la economía, sino por comportamientos malvados que ofenderán a Dios y traerán el mayor daño tanto al prójimo como a quienes decidan seguir estas conductas. Veamos cómo se describen: «amadores de sí mismos, avaros, vanidosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, sin templanza, crueles, enemigos de lo bueno, traidores, impetuosos, engreídos, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella» (2 Timoteo 3:2-5). De estas 19 descripciones quiero acentuar la última que se menciona: «la apariencia de piedad». La «apariencia de piedad» no es otra cosa que «fingir lo que no es verdadero», o como muchos llamarían «actuar con hipocresía».

La piedad se conoce como la «devoción o entrega a Dios». Jesús, por ejemplo, identificó este problema en los religiosos de su tiempo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad» (Mateo 23:27,28). Otro ejemplo que me hace reflexionar se encuentra en 1 Reyes 14:26-27, donde el rey Roboam decide sustituir los escudos de oro de su padre, el rey Salomón, que se los habían robado del palacio, por escudos de bronce. De lejos podrían verse como si fueran de la misma calidad, pero de cerca se percataba uno que no era así. ¡Era una apariencia engañosa! La persona que finge lo que no es, tarde o temprano, sufrirá las consecuencias de sus actos y del daño que haya causado a quienes creyeron en él o en ella. Hay que tener presente lo que dice Lucas 8:17: «Así nada hay oculto que no haya de ser descubierto, ni escondido que no haya de ser conocido y de salir a la luz.» ¿Que cosas no podemos fingir?

1) No podemos fingir el amor: «El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo y seguir lo bueno» (Romanos 12:9). Cuando se pierde la sinceridad en el amor, se pierde todo.

2) No podemos fingir la fe en Dios: «Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primera en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también» (2 Timoteo 1:5). Fingir la fe implica vivir en una «pretensión religiosa falsa» que le falta el respeto a Dios, y es de mal testimonio a los demás.

3) Fingir la conversión a Cristo. Ese fue el caso de Simón el mago. El supuestamente había creído y se había bautizado. Aún más: «estaba siempre con Felipe», el diácono que Dios había usado para predicarle (ver Hechos 8:9-13). Pero luego se descubre que era una falsedad, al pretender «comprar» el poder del Espíritu Santo para su propio engrandecimiento. ¿Qué le dijo Pedro? «No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios.

Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón, porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás» (Hechos 8:21-23). Aprendamos de lo que aprendió David en la confesión de su pecado, cuando dice de Dios lo siguiente: «Tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría» (Salmo 51:6).

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Angel Esteban es ministro, conferencista, autor y es Pastor Principal de la Iglesia Cristiana de la Familia en Ponce, Puerto Rico.

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